Mikel Agirregabiria Agirre

martes 5 de agosto de 2003

Jóvenes playeros

La playa es un observatorio social de insuperable perspectiva, si se fisgonea concienzudamente lo que sucede alrededor. Los más estruendosos, los jóvenes, facilitan la investigación porque sus diálogos en voz alta se comparten en un amplio radio de acción. Para los educadores son inmejorables los primeros días de agosto, al reunirse y encontrarse las cuadrillas tras un curso de larga duración y mínimo estudio. Antes de proseguir, quisiéramos señalar que todo lo narrado seguidamente nada tiene que ver con nuestros hijos e hijas, ni menos aún, con sus amigos y amigas. Quede aclarado para evitar malos entendidos o, como dicen ellos, "mal rollo".

Los temas juveniles de conversación son preferentemente la ética y la política… ¡Es broma!, sólo para ver si leían atentamente. Las chicas conducen los debates y hablan más, porque suelen estar más despiertas por la mañana… y el resto del día. Aparte de algunas conversaciones intrascendentes sobre lo desmejoradas o engordadas que están ciertas amigas del grupo (habitualmente las ausentes), el programa de basura televisiva que ninguno ve (más de una vez al día) y los comentarios sobre lo aburrido de la velada anterior (que repetirán con rutinaria puntualidad la próxima semana),... abundan los diálogos sobre vehículos y educación. Ellos prefieren las "amotos", con una precisión de detalles que aburren a ellas, quienes empiezan a conducir o disponer de coches prestados o propios. En la mayoría de los casos, lo que más prolifera y son objeto de descarado orgullo y cruel comparación son los "carromatos",… de "calabazas": "Me quedan seis asignaturas", "Pues a mí, todas menos una",…

Según pasan los años, y las pandillas se mantienen estables con pequeñas variaciones, resulta muy inspirador para el profesorado comprobar que le van cogiendo gradualmente gusto a sus estudios, o quizás más que a las carreras exactamente al curso en cuestión, sobre todo a "Primero", que repiten con fruición dos o tres veces consecutivas, incluso en distintas facultades o universidades. No se producen grandes depresiones, ni siquiera leves desilusiones, porque siempre hay algún conocido al que le va todavía peor. Estos cosecheros de cates y pencos son los representantes de la juventud del primer mundo, la generación más largamente instruida de toda la historia de la humanidad.

Mientras todo esto acontece, en el cercano continente austral muchos de sus coetáneos dedican la jornada completa a acarrear agua o a recolectar unos granos de comida para el abastecimiento familiar, y -los más audaces- intentan atravesar en pateras el Estrecho con escasas posibilidades de sobrevivir en su intento. ¡Hasta dónde ha llegado esta adormecida conciencia europea del bienestar que los padres, los educadores y toda la sociedad hemos inculcado con nuestro ejemplo y transmitido en los procesos formales e informales de educación a nuestros jóvenes como futuros ciudadanos y líderes del mundo del siglo XXI que deberán ser! La primera responsabilidad de cualquier civilización es aprovechar y desarrollar la inmensidad de capacidades de inteligencia y de voluntad de sus educandos y de su juventud. ¿Lo estamos consiguiendo?

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