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COLABORACIÓN.-
A principios de los años ‘60,
los Padres Escolapios nos llevaron de excursión a todos los del “cole”. No fue
un viaje largo, sino un traslado a pie hasta el cine Ayala en mi barrio
bilbaíno de Indautxu. Durante toda una mañana, con sus charlas y descansos
incluidos, varias clases vivimos aquel día “Los diez mandamientos”. Fue una
experiencia mágica, cóctel del misticismo épico que el Colegio Calasancio
sabía inculcar y de la espectacularidad del remake que en 1956 realizó Cecil B.
DeMille, tras una primera versión suya de 1923. La película rodada en el monte
Sinaí, con uno de los decorados más colosales jamás construidos para el séptimo
arte, narra la historia bíblica de un angelical Moisés, enfrentado a su hermano
adoptivo y diabólico faraón, que decide renunciar a su vida de privilegios para
conducir a su pequeño pueblo elegido por Dios, Israel, hacia la libertad (esto
no era todavía anticonstitucional en aquellos tiempos, 1960 de la película, y
alrededor de los años 1280-1240 a. C. del Éxodo).
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El actual inconsciente colectivo, según Jung
los patrones-tipos de conducta y representación comunes a todos los seres
humanos, está formado por un mosaico de teselas, muchas de las cuales son de
origen cinematográfico. Una pieza del puzzle siempre será para nuestra
generación aquellos “Diez mandamientos”. Así que muchos creemos apreciar a un
Ibarretxe-Moisés separando las aguas para abrirse paso en el Mar Rojo, otros
creen avistar a un Aznar-Moisés con las tablas inmutables de la Constitución,
mientras ante Rovira-Moisés la zarza ardiente del Estatut no se apaga ni con
los 20.000 extras o comentaristas que intervienen en el filme de la realidad.
En nuestra era audiovisual y telemática,
sólo se le podía ocurrir a TVE, la cortesana de turno, ahora del aznarismo,
lanzar un último ataque antediluviano con la lectura por capítulos mediante un
busto parlante de la Ce. O. Ene. Ese. Te. I. Te. U. Ce. I. O. Ene. en los
telediarios de mediodía y noche. La embestida no es contra el Pe. I. sino
contra el buen gusto, el lenguaje audiovisual y, en definitiva, los sufridos
teleespectadores, cuyos últimos reductos contaminados por la tóxica telebasura
podrán comprender el sentido anticipatorio de esta agresión, que amenaza
proseguir con la lectura completa de “El Quijote” si los vientos
plurinacionales o plurilingüísticos del noreste arrecian.
Hoy en día, que casi nadie sabría enunciar
correctamente los diez mandamientos, a algunos se nos quedaron tan grabados que
durante décadas nos hemos dedicado a coleccionar propuestas de un hipotético
“undécimo mandamiento”. Según un proverbio inglés es “Que no te interesen los
asuntos ajenos”; según un ecologista, "Heredarás tu santa tierra como su fiel
sirviente, conservando de generación en generación sus recursos”; y otra es “No
Matarás Tus Sueños”. Me quedo con la del neurofisiólogo John Lilly, “No
aburrirás a Dios, o destruirá vuestro Universo”. ¡Ojalá aprendamos a no aburrir
demasiado a Dios, ni a aburrirnos entre nosotros! |