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Crónicas
Marcianas (The Martian Chronicles) fue una célebre obra de
Ray Bradbury
aparecida en 1950 y reeditada en castellano varias veces en la última década,
lo que prueba su valor literario para los amantes del género en el que
Bradbury
siempre destacó: la ciencia-ficción. Existe un programa televisivo que adoptó
irreverentemente el mismo título, pero que es representativo justamente de la
categoría opuesta: la incultura-real. Esa supuesta variedad de ‘talk-show’
nocturno, no representa la visión de un marciano que intenta descubrir y
entender lo que pasa en Celtiberia, sino que da pábulo al mantenimiento de la
más indigna ordinariez con personajillos repelentes que serían anodinos
hazmerreír de taberna, si no se les arropase por el manto de una audiencia
televisiva manipulada y desmantelada que se aferra a lo más tirado y trillado:
escuchar chismes relativos a majaderos irrelevantes excepto por su propia
estupidez.
El director
de CM, Javier Sardà, es un periodista de acreditada trayectoria en prensa,
televisión y, sobre todo, en radio. Siempre recordaremos al entrañable Sr.
Casamajor, su alter ego quien le acompañó durante años en una sorprendente
proeza radiofónica. Lamentablemente parece que en su etapa de producción
televisiva, descubrió la “piedra filosofal” de la franja nocturna en su ángulo
más cutre, soez y chabacano. Cierto que CM no es responsable del bajo nivel
cultural de la audiencia que realmente existe, y que Sardá no es un educador a
quien paguen para formar ni para informar. Pero cabría esperar del talento y
conocimiento del medio de un profesional como Sardá, otro tipo de ‘cocktail’ en
una franja de entretenimiento que procurase además de espectáculo, diversión,
imaginación e ironía, que siempre se agradecen, un fondo de análisis y crítica
social sobre temas menos ramplones y con contertulios menos toscos. Quizá así
contribuiría decisivamente a elevar el nivel cultural y de debate entre nuestra
ciudadanía.
También cabe esperar de la cadena que mantiene esta programación, y que
desgraciadamente se asemeja a otras en su nivel de telebasura, una búsqueda de
audiencia frente a la competencia sin acceder a concesiones tan cárnicas y
malsanas, donde triunfa el vergonzoso escándalo de eruditos en griteríos. La
excelencia de la televisión, que para muchos es su único alimento intelectual,
se mide no sólo por la cantidad de audiencia, sino también por su calidad. |