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El sordo en el
baile
Mikel Agirregabiria Agirre (30 de mayo de 2003)
No
entendía lo que allí pasaba. ¿Por qué se movían así? El anciano sordo no podía
comprender a los bailarines. Mientras los gráciles danzantes se desplazaban y
brincaban, él no podía descifrarlo. Fuera de lugar, cabizbajo, no dejaba que
nadie se lo explicase. Sólo mascullaba su sempiterna cantinela: "Es una
trampa".
El baile había empezado. Todo el pueblo estaba congregado en
la plaza mayor, junto al frontón. El júbilo era generalizado y compartido por
la mayoría: sólo unos pocos que habían venido de fuera para reventar el
festejo, hubieron de desaparecer tras comprender que nada se les había perdido
allí. También algunos paisanos se mantenían apartados: los hoscos que sólo
querían aburrirse en su pesimismo; ellos también rezongaban que no había
suficientes motivos de celebración (quizá fuera por su carácter atrabiliario).
Todo había comenzado, por la mañana, con el solemne y
elegante "aurresku" de las grandes ocasiones. Saliendo del Ayuntamiento, una
reducida fila de personalidades. El primero (el aurresku) y el último (el
atzesku) con sus boinas en la mano. Los dantzaris son hombres, ya que en este
baile las mujeres no bailan sino que son bailadas. Pero por la tarde-noche, la
danza es patrimonio de todos, entremezclados txikis, adultos y ancianos. El
pueblo, sobrio en el trato cotidiano y muy ceremonioso y fiel a sus tradiciones
en los actos públicos, también sabe disfrutar colectivamente de la fiesta
patronal. ¡Al fin, la orquesta no es ajena a los lugareños, y comprende cuáles
son sus melodías favoritas! El ruido de los alborotadores ha desaparecido
completamente. Las piezas musicales se van sucediendo. Mañana habrá que seguir
trabajando fuerte, pero hoy es domingo de alegría. ¡Qué buen plan hay!
(Artículo original). También publicado en DEIA (2-6-2003),...
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