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En el
aséptico y modernista Metro de Bilbao he visto lágrimas en los ojos de algunas
viajeras. A veces, sólo brillantes ojos lacrimosos mirando al vacío; otras,
llanto silencioso que se derrama incontenible por las mejillas; ayer, una
anciana que lloraba sin consuelo. Cada lágrima es un poema de ternura infinita.
Y se te hace un nudo en la garganta. Y miras hipnotizado, con disimulo por el
gentío, pero sin apartar la mirada de reojo, fingiendo… como los demás. Sabes
bien que las lágrimas sólo se secan mezclándolas, y desearías acompañar su pena
con tu llanto, porque dos personas que derraman lágrimas sobre una misma
desventura ya nunca serán extrañas. ¡Ojalá que nunca se sequen nuestras
lágrimas, porque se secarían los ríos del alma!
Dubitativo, decides llorar por dentro, porque no hay mayor causa de desconsuelo
que el no poder condolerse. Y te bajas vacilante dos paradas más allá de tu
estación, pensando cabizbajo. Hoy no me sacudáis demasiado: Estoy lleno de
lágrimas.
Dicen,
y con razón, que las lágrimas de una mujer hablan en silencio, y que el derecho
de los pobres no es más que su llanto. Los dolores intensos son mudos; se
expresan con lágrimas, que son sangre del alma. Mujer, con tu debilidad eres
capaz de avasallarlo todo. Mujer, tú rodeas el corazón del mundo, como el mar a
la tierra, con el abismo de tus lágrimas. Mujer, recuerda a Tagore: “Si
lloras porque se ha puesto el sol, tus lágrimas te impedirán ver las estrellas”.
¡Ah, cómo se aflojaría el hilo de la vida si no estuviera mojado con tantas
lágrimas!
Mikel Agirregabiria Agirre. Getxo (Bizkaia)
Artículo original. También publicado en El Torrenti (12-10-2003), Piensa un Poco (18-10-2003), Primera CARTA TRACA (Sección propia en Galicia Digital, 24-10-2003), Ávila Digital (26-10-2003), Noticias de Salamanca (2-11-2003), CyberEuskadi (Columna diaria, 6-12-2003) ...
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