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Mansión familiar
 De: Mikel Agirregabiria Agirre    3-11-2003

 Esta historia es rigurosamente verídica. Desvela un secreto familiar, que muy pocos de nuestros amigos conocen. Hacia 1922 nuestro abuelo Ezequiel Agirregabiria Usobiaga, y su único hermano menor Ángel, adquirieron una hermosa morada en la mejor localidad vizcaína, para legarla a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Situada en la mejor avenida, manzana 19, rodeada de quietud de los espigados árboles, un cuidado jardín de césped y una señorial reja exterior, se destaca sobre las construcciones de su alrededor. No estaba en la capital, porque este tipo de residencia señorial, tranquila y recogida no tendría cabida, ni entonces, en la Gran Vía bilbaína. Para ambos hermanos debió suponer un importante esfuerzo económico que aún no acertamos a comprender cómo pudieron afrontar, pero lo cierto es que nos donaron completamente libre de cargas esta finca que jamás venderemos.

 Toda la familia mantiene inolvidables recuerdos vividos en esta heredad, que los extraños verán como un simple monumento, pero que para nosotros es un hogar y un templo. En realidad, pocas veces nos reunimos en ella, pero siempre es con ocasión de emotivas circunstancias que han logrado estrechar los fuertes lazos familiares que constantemente nos han unido a la cada vez más extensa parentela de apellido común. Cinco y dos hijos respectivamente tuvieron aquellos hermanos, veinte nietos, muchos biznietos y pronto tataranietos, que siempre les recordarán por la previsión que intuyeron, por la provisión transmitida y por sus innumerables cualidades personales.

 Disponer de un patrimonio inmobiliario recóndito y compartido, con una fortísima significación espiritual, siempre ha sido un aliento para nuestras vidas, en la seguridad de que –aún en el peor de los casos- dispondremos de un refugio fortificado por piedra dispuesto por nuestros precavidos antecesores para nuestro descanso y el de nuestros cónyuges. Siempre que acudimos allí, en grupo o individualmente, para encontrarnos con nuestros seres más queridos, padres, tíos,… llevamos algún regalo entre las manos, generalmente un ramillete de flores. Ello apenas puede compensar la incalculable dosis de consuelo, serenidad, amor, paz y trascendencia que indefectiblemente recibimos sólo por acudir a esta casa para saludar a los cada vez más numerosos parientes allí reunidos y para encontrarnos directamente con nuestro infalible destino. Anualmente hay un día preferente que nos reúne allí, a distintas horas, a toda la familia: el Día de Todos los Santos, en el que acudimos sin falta a cuidar de nuestra principal propiedad terrenal, el panteón familiar en el cementerio de Derio, la mejor zona residencial de Bizkaia.

Mikel Agirregabiria Agirre. Getxo (Bizkaia)

Artículo original (3-11-2003). También publicado en Sr. Director (3-11-2003), Vistazo a la Prensa (3-11-2003), El Torrenti (4-11-2003), Carta-Traca Nº8 (Sección propia en Galicia Información 4-11-2003), Ecología Social (4-11-2003), Noticias de Salamanca (8-11-2003), CyberEuskadi (Columna diaria, 1-12-2003),...
Lo triste no es ir al cementerio, sino quedarse. Lo triste no es ir al cementerio, sino quedarse.

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