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La
guerra no acabará… porque mueren los primeros mil niños y niñas, o porque se
aniquile un país o porque se produzca la mayor catástrofe humanitaria del siglo
XXI.
La guerra no acabará… porque sufran el desplazamiento más de tres millones de
refugiados iraquíes, de un país de 20 millones asolado por el embargo.
La
guerra quizá no hubiese empezado… si la opinión pública norteamericana no
hubiese sido impúdicamente alimentada de fervor patriótico por sus dirigentes
ultraderechistas con la excusa del 11-S, si valorase igualmente una vida
estadounidense o cualquier otra vida humana, y si supiese realmente por la
memoria de sus antepasados qué fue Gernica, Londres, Dresde, Hiroshima, Nagasaki
y ya no pudiera creerse la hipocresía grotesca de los “bombardeos precisos y
humanitarios”.
La
guerra quizá no hubiese empezado… si el pueblo norteamericano comprendiese que
ellos fueron los primeros creadores del armamento atómico, y los únicos que lo
han utilizado; que ellos inventaron la tecnología de las “armas de los pobres”:
las bombas de guerra química y biológica, de quienes no acceden a la guerra
total regida por la física nuclear.
La
guerra quizá no hubiese empezado… si el obsceno militarismo americano capaz de
aniquilar despiadadamente a un pequeño país, subdesarrollado y exánime, no
rebosase flaqueza ética. La supuesta omnipotencia militar norteamericana,
exhibiéndose con la superproducción de su espectáculo de ultra tecnología para
matar,… sólo acredita su impotencia democrática. Desalmados con mucho músculo y
poco cerebro… en sus cabecillas.
La
guerra quizá no hubiese empezado… si los cuatro “halcones”, el vicepresidente,
Cheney, el secretario de Defensa, Rumsfeld, el número dos del Pentágono,
Wolfowitz, y el presidente del Defense Policy Board, Perle (apodado El
príncipe de las tinieblas) no contasen con la paradójica particularidad de que
ninguno ha participado nunca en ninguna guerra; todos se las arreglaron para
evitar ir a Vietnam, al igual que Bush. Aznar, y Trillo, también se escabulleron
de cumplir, simplemente, el servicio militar.
La
guerra quizá no hubiese empezado… si los dirigentes hubiesen escuchado al Papa
cuando se refirió a la paz, como “don de Dios y humilde y constante conquista de
los hombres, afirmando que “cuando la guerra, como en estos días en Irak,
amenaza el destino de la humanidad, es más urgente proclamar que sólo la paz es
el camino para construir una sociedad más justa y solidaria. Nunca la violencia
y las armas pueden resolver los problemas de los hombres”.
La
guerra quizá no hubiese empezado… si Aznar no aspirase a un puesto en la
Historia (“pinche de genocidas”, será ya para siempre), o si su
“Aznarazo” no hubiese superado al “Tejerazo”, ridiculizando a las Cortes y al
Rey que pudo intervenir el 23F de 1981.
La
guerra quizás acabe… cuando los belicistas no puedan soportar el coste electoral
de sus crímenes, y cuando quienes les excusaban les abandonen.
La
guerra quizás acabe… cuando la opinión pública mundial se manifiesta con tal
intensidad y presencia que su voz no pueda ser ignorada.
La
guerra acabará… cuando se agoten los arsenales y deban reponernos los
contribuyentes estadounidenses… y los expoliados del mundo entero.
La
guerra acabará… cuando el negocio del petróleo esté controlado, y el beneficio
de la reconstrucción sea mayor que el de la devastación.
La
guerra acabará… cuando la sangre de la inocencia masacrada apeste en nuestros
cuartos de estar porque las imágenes de televisión no muestren complacientemente
las mortíferas armas de los asesinos, sino los cadáveres de las víctimas.
La
guerra acabaría para siempre… cuando convenzamos a la mayoría de votantes
norteamericanos para que pongan fin a “la era de barbarie” y de “nuevo desorden
mundial”. Para que admitan la civilización de quienes aborrecemos la pena de
muerte, repudiando tan bárbara legislación, y que para regir el gigante militar
que representan no elijan a un enano moral de sádico historial en ejecutar
convictos.
La
guerra acabaría para siempre… cuando Estados Unidos prefiera un mundo
multipolar, renunciando a su egocéntrica superioridad que les permite ignorar la
legalidad internacional, las Naciones Unidas y el Tribunal Penal Internacional
(y el Protocolo de Kioto, los convenios de desarme o de minas antipersonal,…).
La
guerra acabaría para siempre… si se votase en referéndum abierto a toda la
ciudadanía la participación de un gobierno en un conflicto militar.
La
guerra acabaría para siempre… cuando todos los seres humanos reprobemos y
desterremos de nuestra mente y de nuestro corazón esa insensata fruición por
matarnos los unos a los otros.
La
guerra acabaría para siempre… si ya no fuera posible el rapto de la democracia,
el secuestro de la verdad por los sempiternos “señores de la guerra”, déspotas y
falsarios, serviles esclavos del poder económico, que prenden fuego al mundo
sembrando regueros de encarnadas amapolas de sangre, que algún día florecerán.
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