Hemos
de aprender a pedir perdón. Pido perdón por todos mis errores, por todo el daño que he causado, deliberada o involuntariamente, por egoísmo o por indiferencia. Perdonadme, os lo ruego. Recordad que al perdonar os asemejáis a Dios. ¡Perdón, os suplico! Dicen que el perdón es la mayor venganza y la única tolerable.
Contad
con mi perdón, para todos, en todo, sin excepciones. Gracias incluso os doy,
porque cuando me sentí dolido quizá me sirvió para aprender y para entender el
sufrimiento mayor que yo os causaba con mi inconsciencia y con mi ligereza.
Perdonadme también, por creer que podría perdonaros algo.
“Dios nos perdonará,
porque ése es su oficio” dijo Heine, y Shakespeare que “el perdón es doblemente
bendito, porque bendice al que lo da y al que lo recibe”. Si Dios nos
perdonará, hagámonos un favor doble: Perdonémonos a nosotros mismos. Digamos
“Me perdono”, después de pedir perdón a los demás. Todos necesitamos que nos
perdonen mucho, y las lágrimas
genuinas de arrepentimiento no sólo piden perdón, lo
merecen. Perdón, y
propósito de enmienda, porque es mejor aprender a no ofender que luego a
solicitar piedad, que a menudo no repara todo el mal provocado.
Perdonar en comenzar a amar. El perdón es una decisión, no un sentimiento.
Perdona a todos y perdónate también a ti mismo. Acéptate, reconócete y ámate,
recuerda que siempre tendrás que vivir contigo mismo. Abandona el resentimiento
hacia ti mismo y la crítica hacia los demás. No seas cómplice, ni siquiera
juez, de lo que te disguste. No pierdas tu valioso tiempo con recriminaciones
ajenas o propias. Asume tus responsabilidades, acepta tus dificultades y
colabora en hacer el bien. Lo que deba suceder, sucederá. Que te encuentre
activo, apasionado en un trabajo de ayuda a los demás, amando hasta donde tu
corazón te permita. Pongamos pasión en la compasión.