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Ilusiones horizontales: Mikel Agirregabiria Agirre (25/6/2003)
La “noche de San Juan” es un referente mítico del
inconsciente de la humanidad para festejar el solsticio de
verano. Hace cuatro décadas, marcaba para los niños de
entonces el inicio de las vacaciones estivales. En Ubidea
era nuestra primera noche donde los “veraneantes” nos
encontrábamos con los “del pueblo”, saltando sobre las
incandescentes cenizas de la fogata frente a la capilla de
“La Magdalena”, antes de iniciar los trimestrales veraneos
de antaño.
La denominación de “albardados” la aplicamos, mi esposa y yo
con todo cariño, a la generación de nuestros hijos y a sus
amigos. Se supone que serán quienes nos paguen la
jubilación, razonamiento éste que aplicado hasta sus últimas
consecuencias nos llevaría a ahorrar como posesos. Estos “friskies”,
otro alternativo vocablo propio derivado de “freak”
(monstruito), en nuestro barrio de Getxo suelen organizar
diversas hogueras, concentradas en la playa de Las Arenas.
La aplicación de la normativa este año, nos ha permitido ver
un espectáculo costumbrista de nuevo cuño, que merece ser
recogido para los anales del municipio.
El día D para nuestra arenera Normandía seguramente había
comenzado desde primeras horas de la mañana, pero los
cronistas no llegaron hasta mediada la tarde. Fuimos
testigos de una incruenta batalla, desigual por las fuerzas
de ambos bandos, entre un solitario “hondartzaina”
(vigilante playero) y una horda de “albardados”,
predominantemente chicos, entre 8 y 15 años. La invasión de
la playa se produjo, extrañamente, desde tierra y no desde
el mar. Los “bárbaros” llegaban equipados con abundantes
cartones y maderas, apilados en carritos de supermercado, e
incluso algún viejo colchón. Estaban perfectamente
organizados mediante un complejo sistema de comunicaciones
que incluía un teléfono móvil activo por clan. Obviamente se
trataba de tribus distintas, con intención de erigir
separadamente sus propios templetes-fallas, a los que
prender fuego pasada la medianoche. El bizarro funcionario
se ganó el sueldo de toda la temporada, desplegando una
intensa actividad diplomática y negociadora, pero sin
renunciar a aplicar su autoridad por medio del silbato.
Merecedor de ser condecorado por la hazaña,
inexplicablemente logró impedir la toma de aquella Bastilla
costera, con una dedicación y un denuedo dignos de ser
aplaudidos. Hubo de soportar manifestaciones infantiles bien
organizadas, reivindicando lemas como “¡Queremos
sanjuanada!” y la más culta y razonada consigna de “¡Es la
tradición!” (vocablo sin duda filtrado por algún cómplice
adulto, probablemente una abuela). También corearon
repetidamente algo ininteligible que parece ser el
subproducto televisivo de un dionisiaco hippie trasnochado
al que se conoce como Pocholo.
El milagro, y misterio final, se produjo cuando antes de
abandonar su guardia, más allá de su horario laboral y hacia
las 20 horas, negoció con los sitiadores un último mensaje
que obró maravillas: tan pronto como recorrió por última vez
el paseo marítimo, con gallardía y tras dar la espalda a
toda la “infantería” enemiga, éstos recogieron sus enseres
pirotécnicos y se replegaron hacia el interior. Como
educadores nos gustaría conocer las palabras mágicas del
rito final, que lograron la mayor gesta presenciada en este
curso académico que ahora termina.
(Mañana, Getxo sólo será noticia porque esta misma
tarde-noche ETA contribuía a la construcción de Euskadi con
una bomba a menos de dos kilómetros.)
Mikel
Agirregabiria Agirre. Getxo (Bizkaia)
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