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El anonimato nos
convierte a todos en afónicos, atónitos y agónicos seres que sólo recuperamos
la humanidad con nuestro nombre propio.
El
anonimato es una prueba determinante que mide el carácter verdadero de las
personas. Cuando nos sentimos seres sin rostro ni nombre, resulta más fácil
comportarnos como nunca lo haríamos entre nuestros conocidos. Ocultos al
volante de un coche podemos actuar como salvajes o podemos contestar
intempestivamente tras un teléfono cuando recibimos una llamada equivocada. La
grandeza de un corazón se aprecia realmente cuando siempre, aún desde el
completo a nonimato, actúa educada y generosamente.
A casi todos nosotros, el
sentirnos reconocidos y perfectamente identificables, nos aporta altas dosis de
juicio y responsabilidad. No se trata únicamente de poder rehuir la culpa o el
castigo, sino que el mantenimiento de nuestro buen nombre personal y familiar
nos impone unos patrones de conducta irreprochablemente éticos e
intachablemente ejemplares.
Los uniformes, por el
contrario, pueden coadyuvar a sepultar o diluir la individualidad y la
consiguiente responsabilidad personal. Una guerrera, una placa o una bata, si
no se acompañan de una identificación fácilmente recordable pueden ser el
preludio de un trato impersonal, ejercido desde la supuesta superioridad de
quien autoritariamente no se identifica ante aquel a quien debe servir.
Las instituciones y los
poderes públicos harían bien en identificar nominalmente a todas las
autoridades y agentes que tratan con la ciudadanía, desde los funcionarios
civiles hasta los policías, desde cada educador hasta cada sanitario, desde
cada barrendero hasta cada concejal. Las empresas igualmente se asegurarían una
mejor relación con los clientes y proveedores, si cada empleado portase una
identificación, desde los camareros hasta los jefes de ventas.
Toda la convivencia
experimentaría una profunda mejoría si llevásemos prendida a nuestra chaqueta
una etiqueta con nuestro nombre y apellido. Incluso los hábitos de conducción
mejorarían sustancialmente si los conductores llevasen su nombre impreso en las
matrículas de los vehículos. Llevar el apellido expuesto a la vista de los
demás contribuye a un reconocimiento más directo y eficaz de nuestras acciones, promoviendo actuaciones sensatas, voluntariosas y amables de esas buenas personas que somos cuando actuamos a cara descubierta y en nombre propio.
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