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“Lost
in translation”, otra
película que nos revela el extravío de la soledad humana creciente con la edad.
Unos, los suizos, dicen
que la edad no juega ningún papel excepto en los quesos; otros, los franceses,
que la edad es importante sólo en los caballos; y terceros confirman que cada
persona tiene la edad de su corazón (esto, en sentido fisiológico no puede ser
más cierto, excepto en los trasplantados). Pero no olvidemos que Marcel Prevost
decretó que “Nuestro corazón tiene la edad de aquello que ama”.
Para los que hemos llegado
a esa madurez en la que uno ya no se deja engañar por sí mismo, esa edad en la que todavía se es joven pero con mucho más esfuerzo, hay relatos muy deprimentes, justamente por lo verosímiles y descriptivos que se demuestran. Existen dos películas referenciales al respecto, una de culto como “American
Beauty” de 1999, y otra actualmente en cartelera como “Lost
in translation” de 2003.
Resulta muy recomendable
para cualquier humano dotado de un ápice de ternura, y especialmente para
cuarentones en adelante, sentirse retratados en “Lost
in translation”. La directora Sofia Coppola nos narra con
silencios hondos y miradas cómplices, como quizá sólo sabe hacerlo una mujer
que además es hija de Francis Ford Coppola, una historia de dos seres perdidos
en un mundo extraño.
Seguramente nuestra vida cotidiana no nos lleve al ininteligible Tokio, ni a movernos en escenarios de millonarios
hastiados de recibir regalos, pero muchos sentimos en lo más hondo –ocasional o frecuentemente - que no comprendemos nada de lo que sucede a nuestro alrededor, como si nos hablasen en japonés unos personajes exóticos que deambulan frenéticamente por nuestras vidas. En esas ocasiones, sólo cabe la huida... Pero no existe más evasión que la fuga hacia otro ser humano…
Y es entonces cuando el
contraste entre la edad de la beldad y la edad de la verdad resulta cruel y
despiadado, si uno no puede creerse que en la edad resida el misterio. La
belleza insolente por su frescura y naturalidad de Scarlett Johansson, remarca
el patético descubrimiento de la vacuidad vital del triunfador caduco encarnado
por Bill Murray. Pero algo les une (¿la orfandad de la humanidad, la hermandad
en la infelicidad?) y les alivia en una suerte de romance espiritual: la
intimidad inocente entre dos supervivientes que se aferran al mismo salvavidas
de una fugaz amistad imperecedera.
El producto es toda una
prodigiosa exhibición de una relación de afecto basada en la comprensión y el
entendimiento, quizá más exactamente en una complementación espiritual,
improbable pero sugestiva. No es una película de acción, sino una obra maestra
que se infiltra en el espectador con su lánguido devenir de guión intimista,
describiendo ese sentimiento universal de la soledad, la decadencia y el paso
del tiempo, de los que ni la todopoderosa riqueza exime.

La película parece defraudar durante
su transcurso por la lentitud de la historia con un final esperable como la
vida misma, pero al encenderse las luces y despertarnos a la realidad, algo
profundo nos ha conmovido el alma con dos conclusiones obvias: “La edad no
protege del amor. Es el amor quien nos protege de la edad”.
Publicado en La Prensa Libre (Principal periódico de Costa Rica (13-6-2004), Estrella Digital (15-6-2004), La Flecha (Colaboración frecuente, 14-6-2004), Ávila Red (16-6-2004),
CyberEuskadi (Columna diaria,
11-6-2004), Que se vayan todos (Boletines de diversos medios, recensiones frecuentes, 6-6-2004),
Kaos en la
Red (Editor autorizado, 11-6-2004),
El Debate (IblNews,
11-6-2003,
comentarios variados),
Foro
Republicano (11-6-2004),
Sr. Director (Alquimia
literaria, 11-6-2004), Vistazo a la Prensa (11-6-2004), Portal Miami (11-6-2004), Foros EITB (11-6-2004), Uribe
Kosta Digitala (Colaboración diaria, 11-6-2004), Revista Pangea
(Colaboración regular, 14-6-2004), Vorem ('Veremos' en valenciano, máximo colaborador, 13-6-2004), Gaur Egun (Colaboración habitual, 4-6-2004), Carta-Traca nº 113 (Sección propia en Galicia Información 11-6-2004),...
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