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Tercera Edad en el Primer
Mundo: El envejecimiento de nuestra sociedad como reto y oportunidad.
La “Floridización”,
semejanza con Florida, es un neologismo no aceptado aún por la Academia de la
Lengua. Proviene del término estadounidense “Floridization”,
expresando que según el censo de 2000 la población norteamericana mayor de 65
años era 12,4%, mientras que en el Estado de Florida alcanzaba un 17,6%, y
sigue creciendo. La razón básica es que este destino es el preferido de muchos
jubilados de Estados Unidos.
El fenómeno, del rápido incremento de la
ciudadanía de la tercera (y cuarta) edad se está produciendo igualmente en
Europa y en todo el denominado “Primer Mundo”. Ya no puede hablarse de
determinados territorios (como la costa mediterránea) ocupados por jubilados de
la tercera edad, con dinero y tiempo en busca de calidad de vida, a la espera
de entrar en la cuarta. Hoy todo el continente europeo y todo Occidente se “floridiza”.
Según el último informe del Fondo de Población de Naciones Unidas, que constata
la desaceleración del crecimiento de la población mundial, la Floridización del
Primer Mundo se extenderá a la mayoría de los países en desarrollo entre 2000 y
2050, duplicándose la proporción de población de 65 años o más. Según las
proyecciones -fáciles de elaborar porque tratan de gente que ya ha nacido-, en
2020 habrá más de mil millones de mayores, un 70% de ellos en países en vías de
desarrollo. El crecimiento de esta tercera edad está generando un planetario
problema no paliado de ancianos en la pobreza. Si las diferencias entre
habitantes del Primer y Tercer mundo son abrumadoras, todavía se agravan entre
los ancianos de los
países más avanzados y de los más pobres. En el campo de la solidaridad entre
los mayores queda mucho por hacer.
Los “mayores”, seniors es de difícil
traducción, configuran una realidad social con múltiples aspectos de
diferenciación que no siempre han sido debidamente atendidos. Podría destacarse
sus requerimientos de salud, obviamente más perentorios y exigentes que en
otras etapas de la vida en razón de la edad, pero igualmente son reseñables
otros tipos de servicios sociales orientados a atender su mayor tiempo de ocio
o sus legítimas aspiraciones de seguir contribuyendo con su valiosa experiencia
al bienestar común.
Si nuestra sociedad ignora la capacidad de
la tercera edad, peor aún ha abordado el problema de la cuarta edad. De ahí
señales como el abandono de ancianos en hospitales que suele producirse cuando
llega la época del veraneo para sus descendientes. Además, las familias no
están estructuradas para acoger a sus ancianos. Ni siquiera la arquitectura de
las viviendas está proyectada para ello, por lo que proliferan las residencias.
Por otra parte el trato y la relación con los ancianos nos diferencian de
muchas sociedades asiáticas, donde no sólo se respeta al anciano y se le cuida
desde la familia, sino que además sigue cumpliendo funciones sociales
importantes, algo que está desaparecido en la Europa del bienestar.
Aquí surgen fenómenos sociales innumerables
que requieren una profunda reflexión de justicia, como el descrito por Arlie R.
Hochschild en un relevante estudio (Global care chains and emotional surplus
value). Parte de una realidad conocida por todos: las y los sudamericanos
(filipinos y otros) emigran al Primer Mundo para cuidar niños o ancianos de
familias acomodadas. Con lo que ganan, mantienen a sus familias en sus países
de origen, e incluso pagan a cuidadoras para que se ocupe en su país de origen
de sus propios hijos y ancianos. Así, las mujeres más pobres asisten a ancianos
o niños de los más ricos, mientras que otras mujeres aún más pobres, ancianas y
rurales cuidan a sus propios niños y ancianos. El resultado son las "familias
transnacionales": Una faceta sórdida del nuevo orden económico, que no podemos
aceptar sin más, aunque permita que se beneficien muchos elementos de la cadena
humana. La razón de fondo radica en la creciente y legítima integración laboral
de las mujeres occidentales, conviviendo con hombres que no asumimos las
responsabilidades hogareñas y de cuidado de nuestros dependientes, labor que
subarrendamos a inmigrantes.

Los problemas de la ancianidad nos atañen a
todos y sus carencias deberían preocuparnos a todos, dentro del entorno
familiar y del escenario social. Nuestra esperanza de vida está cercana a los
80 años, y continúa creciendo. Nuestra mejor opción es llegar en el futuro a
“ser (más) mayores”.
Sorprendentemente los políticos, que en
nuestro entorno y en su mayoría ya no pertenecen a este colectivo, han
descuidado tanto la atención sobre las necesidades propias de los retirados y
de la ancianidad, así como del formidable impacto general que sobre el conjunto
de la sociedad provoca su apreciable existencia. Por ejemplo, si ya existen
Ministerios de la Juventud, ¿para cuando un Ministerio de la Tercera Edad? Y
ello a pesar del peso electoral que pueden representar los mayores, quizá
insuficientemente movilizados en cuestiones políticas. De la mano de las urnas
puede lograrse lo que no se ha conseguido por ética desde un concepto genuino
de familia, que no aparte a los abuelos. Los más mayores empezarán a ser una
cuestión central en la política europea y estadounidense, si se mantienen las
actuales tendencias. Para 2030 los ‘veteranos’ serán la mayoría, no de la
población, pero sí de los votantes reales en Estados Unidos y casi en Europa.
Incluso el mundo económico, y es un dato revelador de lo inadvertido de la
situación, no ha respondido con suficiente agilidad a esta tercera edad
numerosa y con medios financieros superior a la media. El potencial de nuestros
mayores parece seguir adormecido a la espera de ser descubierto por la mayoría
de ellos mismos y reconocido por todos los demás.
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a partir del 22-9-2004 en
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