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Un
referente histórico como metáfora vital: nuestros derechos
acaban donde empiezan los de los demás.
Se puede aprender mucho de cualquier
ancestral cultura aborigen, porque la misma y común naturaleza humana se
manifiesta con sorprendente diversidad y riqueza en cada comunidad en función
del devenir social de su propia historia. Los vascos, menos de tres millones de
personas habitando a ambos lados del río Bidasoa entre Francia y España, somos
los indígenas más antiguos de Europa con un idioma (euskera)
de origen desconocido, y con sorprendentes peculiaridades en ámbitos
significativos como la organización política o los deportes autóctonos.
Una característica propia es el deseo de
autogobierno, pero no sólo entendido frente a los Estados en los que estamos
integrados administrativamente, sino incluso entre nuestros propios
territorios. Nos han rodeado imperios poderosos y hemos sabido asimilar sus
lenguas y culturas, pero siempre
preservando nuestro milenario euskera y las tradiciones propias.
El término “vasco”, procedente del "vascón"
citado por los romanos en el año 76 a. C. durante las guerras sertorianas, fue
postulado como originado por "basoko" (‘habitante del bosque’ en
euskera), lo que da idea del valor mitológico atribuido a los árboles. El
panteísmo originario ocasionó la veneración de los robles como protectores
vivos de los vascos. Hace apenas un siglo, la oración ritual de nuestros
leñadores pedía perdón al árbol cortado: “Guk botako zaitugu eta barkatu
iguzu” (Te derribaremos y nos perdonarás).
Sólo en uno de sus siete territorios
históricos vascos, Bizkaia (Vizcaya), existen cinco árboles sagrados. El más
conocido es el roble de Gernika, corazón del Señorío, donde los monarcas deben
jurar respeto a nuestros centenarios Fueros. Pero en Bizkaia hay más de un
Parlamento, y los robles de Avellaneda y Gerediaga señalan las Juntas de las
Encartaciones y del Duranguesado, además del roble de Aretxabalagana donde los
vizcaínos recibían a su Señor.
En Luyando se alza el “árbol malato”, cuyo
origen se remonta al año 840. Ejércitos leoneses habían llegado hasta el puerto
de Bakio en una incursión de castigo. Se juntaron en consejo las cinco
merindades vizcaínas para darles batalla y eligieron como Señor de Bizkaia a
don Zuria, personaje vasco hijo de una infanta escocesa venida por mar y nieto
del rey de Escocia. Las tropas vizcaínas vencieron en la batalla de Padura, en
un lugar que por la mucha sangre vertida se llamó Arrigorriaga (Piedras rojas).
Los leoneses supervivientes fueron perseg uidos
hasta el Árbol Gafo, denominado así porque no pasaron de allí. En su tronco
clavaban sus armas los combatientes vizcaínos para indicar su negativa a
proseguir la guerra más al Sur. El árbol malato fue considerado frontera
militar desde entonces. Los hijosdalgos vizcaínos estaban obligados a prestar
servicio militar si lo requería la defensa del territorio propio. Este deber no
se podía exigir fuera del territorio. Si el Señor de Bizkaia insistía en
continuar la lucha, debía pagar soldadas a quienes estuviesen dispuestos a
seguirle.
Este testimonio permite comprender mejor el
espíritu vasco de independencia, de defensa de lo propio, nunca de imposición a
los demás. Episodios complejos como las “guerras carlistas” o el “Pacto de
Santoña” de 1937 deben interpretarse a la luz de quienes, incluso con
innumerables derrotas, continuaron infatigables en la custodia de su identidad.
Los versos de Gabrie l
Aresti también sintetizan inmejorablemente este sentimiento en “Nire
aitaren etxea defendituko dut” (defenderé la casa de mi
padre).
En la vida personal, cada misión, cada
proyecto… siempre debe mantener un “árbol malato”: Un linde a no traspasar. La
política es una noble actividad, pero en su perímetro vital de lo que es justo,
en defensa de lo propio y sin atacar lo ajeno. Sin entrometerse e n
la vida de los demás, sin pretender que piensen o sientan a nuestra manera,
respetando su forma de organizarse y de vivir, único modo de reclamarles la
misma tolerancia para con nosotros. Si conocemos lo propio, lo amaremos; y
estimando lo nuestro, habremos de apreciar y admirar igualmente todo lo que los
demás han elegido en ejercicio de su propia libertad.
(Tres versiones precedentes -PRIMERA,
SEGUNDA Y TERCERA-,
escritas en intervalos de unos diez minutos, hasta esta versión final).
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